David Méndez y el camino del artista

José Luis Crespo Fajardo

Postdoctoral researcher

The RuskinSchool of Drawing & Fine Art

University of Oxford

Esta ponencia ha sido presentada en el III Simposio Internacional Valor y Sugestión del Patrimonio Artístico y Cultural. Universidad de Málaga, Julio de 2013

 

Resumen:

Palabras Clave: Pintura, libertad, naturaleza, creatividad, expresionismo.

 

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1. El camino del artista

 

El camino de la pintura es una aventura quimérica. Un camino donde no funcionan las brújulas y en el que en cualquier recodo se puede simplemente desaparecer. En este sendero solo cabe deambular con el apoyo de una creencia personal inquebrantable, en tanto se eleva hacia adelante la mirada como una pregunta lanzada al horizonte. Es obsesionarse con un sueño del que no se adivina el final, entre confluencias y derivaciones, y que a menudo se encuentra al borde del fracaso. Simplemente hay que despertar para que todo se derrumbe, si bien, por otro lado, son los grandes sueños los que merece la pena cristalizar en verdaderas realidades.

 

David Méndez es un artista que ha ido construyendo su camino con esfuerzo, paso por paso. Se ha enfrentado a la pintura con honestidad, elaborando una profusa obra, exhibiéndola y cosechando en los últimos años diversos galardones en certámenes regionales, con lo cual su valor en el panorama artístico de Canarias queda reconocidamente avalado.

 

Ahora podría considerarse a Méndez un representante del lenguaje expresionista. Su obra se presenta cargada de materia, brumosos campos de color, capas de pigmento y texturas que parecen desfigurarse como el metal fundido. La pincelada es valiente y la gestualidad de la mancha origina la presencia de veladas figuras, alcanzando estas pinturas una notable cota de expresividad.

 

No obstante, si miramos atrás, al itinerario del artista, nos es revelado que David Méndez ha seguido un desarrollo coherente pero ciertamente camaleónico. Hacia principios de la década de 2000 en sus obras podía advertirse una categórica presencia de la geometría, especialmente manifiesta en la serie Construcciones en el espacio, un acervo de pintura proyectiva por la que no en vano mereció algunos premios importantes. Tal vez algo de aquella querencia por la línea y los sólidos poliédricos se mantenga aún, como un eco remoto, en algunas de sus series actuales, por ejemplo Peephole y Circle, que sondean las posibilidades del formato tondo.

 

En cualquier caso, lo cierto es que hacia 2005 había abandonado esta dirección y se disponía a explorar, emular y aprender a partir de los géneros clásicos de la pintura: el paisaje, el retrato, el bodegón. Estaba protagonizando un regreso privado hacia la tradición con el fin de adquirir los fundamentos, y aquí cabe referir como principal exponente la serie Paisaje, figura y naturaleza muerta. A pesar de este retorno, la ruptura con los esquematismos y las normas académicas era palmaria. Inevitablemente se dirigía hacia la experimentación, hacia la abstracción, adoptando a la naturaleza como motivo central de sus composiciones.

 

El autor, en entrevistas, ha subrayado que nunca se mostró de acuerdo a la hora de diferenciar taxativamente entre figuración y abstracción. Es posible situarse en un espacio intermedio, siguiendo un camino que quizá solamente conocen los auténticos inconformistas, los verdaderos rebeldes. Vemos así que en los últimos años el trabajo de David Méndez ha devenido en una pintura donde no es fácil definir lo abstracto de lo figurativo. Paisaje y personaje se representan con un similar tratamiento plástico, ejecutado a golpe de mancha, colorido y emoción. Se originan entonces escenas espectrales, limbos en los que no es posible discernir dónde está la diferencia entre sueño y realidad.

 

La voluntad de no circunscribirse por completo a ningún maestro o corriente ha sido un factor común en su recorrido, y quizá por esto en ocasiones su estilo ha sido valorado como ecléctico. En todo momento Méndez ha planteado su actividad como un juego de adopción y desvinculación de referencias. Continuamente ha buscado adquirir nuevas bases, a veces mediante un ejercicio de emulación. La emulación es un procedimiento perfectamente legítimo para asimilar vocabularios artísticos, al igual que el niño que descubre una palabra nueva la repite varias veces en voz alta hasta recordarla. Por medio de estas adquisiciones, David Méndez ha ido tratando de identificarse con diferentes modelos, aprehendiendo y desechando esquemas, pero siendo siempre consciente de hallarse embarcado en un viaje personal de aprendizaje. Una senda de carácter nómada que si contemplamos en su globalidad resulta ser de tal coherencia que es necesario reconocer que lo que mejor ha hecho es preocuparse por afirmar bien un paso antes de dar el siguiente.

 

Y este es el camino del artista, un periplo en el que determinar la dirección a tomar puede requerir de un tiempo de reflexión. Como Méndez ha declarado en ocasiones, dilucidar el camino a seguir en la pintura está entre las decisiones más difíciles que ha tenido que tomar en su vida. Para solventar este impasse, procura alejarse de su actividad. La pintura a menudo arrastra al artista hacia extremos y procesos demasiado envolventes que pueden convergir en la pérdida de la objetividad. Mientras la abstracción pura tiende a encadenar, el expresionismo puro induce hacia la planitud, a la anulación de la profundidad. Es por ello que Méndez, con el fin de tomar distancia y obtener conclusiones, realiza eventuales parones que aprovecha para dibujar, recapacitar y estudiar nuevos rumbos y travesías.

 

 

 

2. Las influencias en el camino del artista

 

Los horizontes de Peter Doig, la brumosidad de Gerhard Richter, los mensajes cifrados de Anselm Kiefer… David Méndez ha bebido de las fuentes del lenguaje expresionista y voluntariamente se encuentra influido por determinados modelos, a los que con el ejercicio pictórico ha ido acercándose a modo de instrucción.

 

Subidos a hombros de gigantes, como todos sabemos, es posible mirar más allá. De tal forma, Méndez admite haber asimilado lecciones de aquel expresionismo implícito en Van Gogh, Soutine, Munch, y los ejemplos categóricos de Emil Nolde y Heckel. A los neo-expresionistas: Lüpertz, Fetting, Baselitz, Auerbach y Kirkeby, les ha hecho caso como se escucha la palabra de un amigo al que se acompaña durante un trecho, charlando e intercambiando reflexiones para después despedirse de todos ellos con cordialidad.

 

La permeabilidad selectiva a determinadas influencias ha marcado su educación, lo que tendría más sentido que la etiqueta simplista de artista ecléctico. Lo que sucede es que vivimos en una sociedad donde la educación está tan inamoviblemente predeterminada que no admitimos otras posibilidades de crecimiento.

 

Sobre esta certeza, una metáfora podría adivinarse en los armazones donde los jardineros de las ciudades comprimen a los árboles jóvenes para evitar que sus troncos y ramas crezcan de cualquier forma y dirección, y terminen invadiendo la acera o la calzada. El jardinero ata postes y tubos al arbolito a modo de implante ortopédico para que mantenga una orientación correcta, y así las avenidas se presentan custodiadas por filas perfectamente simétricas de árboles iguales. Esa es la educación humana. Desde la infancia estamos encastrados en cierta estructura para que nos enderecemos, de acuerdo a los presupuestos sociales y culturales. Llegado el tiempo nos liberamos de las ataduras, pero aún siendo libres solamente sabemos dirigirnos hacia donde nos han encaminado.

 

Personalmente creo que nadie es libre, ya que difícilmente es permisible en este mundo seguir un camino guiado por los impulsos de la naturaleza. Sin embargo, cuando pensamos en el camino del artista, un pintor como David Méndez, que trata de escapar del esquematismo y cuyo aprendizaje se conjuga con periodos de destrucción y derribo de dogmas, se presenta como el árbol que pugna por liberarse de la ortopedia. Una auténtica educación debería conllevar tal puesta en valor y respeto por la pulsión de la personalidad. La educación del artista tendría que admitir un aprendizaje selectivo particular acorde a la sensibilidad de cada creador. El elegir qué aprender, qué recordar y qué olvidar, ya que a veces es preciso olvidar lo aprendido para poder interiorizarlo y que vuelva a aflorar en una obra de arte como un discernimiento auténtico, como la palabra que se pronuncia por primera vez.

 

3. El proceso de creación

 

Estamos ante un tema central en el trabajo de David Méndez. En el camino del artista subyace una sistemática voluntad y actitud de experimentación. Concentrado en el proceso creativo, el pintor pretende descubrir secretos, manipular el pincel a modo de llave para abrir puertas prohibidas. Como un alquimista, elabora pócimas en un imaginario laboratorio, ensayando experimentos con mezclas de óleo e inventiva, en pos de la trasmutación de la materia plástica.

 

Para tal efecto, David Méndez se basa en el proceso de creación de los lenguajes expresionistas. Concede gran valor a los hallazgos casuales y da cabida a factores como el azar y la aleatoriedad. Los actos contingentes, las intervenciones fortuitas y hasta los aparentes fallos pueden ser convertidos en aciertos si se les dedica atención. Efectivamente, la creación de la obra exige estar especialmente despierto y vigilante a los hallazgos expresivos, a los posibles descubrimientos.

 

La clave es dejarse guiar por el impulso natural, sin impacientarse por llegar al resultado. El objetivo es una pintura sin propósitos ni cálculos metódicos. De esta forma, Méndez procura no planificar en exceso y al situarse frente a una tela en blanco la afronta con la idea de realizar arte libre y sin limitaciones. Lo más importante es la creatividad, que pesa incluso más que la técnica, el concepto o la temática.

 

La construcción y destrucción se alternan en este procedimiento, que se basa en los códigos formales de la naturaleza. Crear implica generar un proceso de transformación pictórico, concebir el cuadro como un cataclismo, una tormenta, un desprendimiento… En el mundo natural la destrucción es el comienzo de un nuevo orden, acciones impredecibles que reinventan la geografía y el paisaje. Estos eventos, que actúan como el pincel de la naturaleza, son los que trata de reproducir en la confección de sus obras. Y quizá lo más sorprendente sea descubrir que tras las más complejas mutaciones el resultado final presenta una misteriosa armonía interior. Indudablemente, nos encontramos ante el establecimiento de un nuevo orden.

 

De la serie Circle, 2008-13

 

4. La pintura de los sentidos

 

El lienzo es una piel de tambor que con cada golpe de pincel produce sonidos en ocasiones ensordecedores… Un solo trazo siempre puede hacer surgir un sonoro retumbe, pleno de contenidos. Así sucede en la pintura más abstracta de David Méndez, que no pretende satisfacer los rigurosos gustos de la razón ni los más delicados de la pituitaria. Como el resonar de tambor, se dirige directamente a las entrañas.

 

Es tal vez la consecuencia de pintar sobre esa base emocional desplegada durante el proceso creativo, por lo que en ocasiones es difícil determinar cerebralmente el significado de sus obras. Más allá de conceptos y temáticas, parecen enunciar un contenido velado que solo los sentidos consiguen capturar. La de Méndez es una pintura que expresa nociones equívocas y en la que algo tan humano como la contrariedad se enfrenta a los artificios de la lógica. Una pintura de los sentidos, como la ha definido el propio artista, consciente de que su interlocutor no es la inteligencia del espectador, sino sus emociones. El suyo es un arte que sobrepasa el entendimiento hasta llegar al inconsciente, a la capa cerebral más primitiva, donde residen nuestros instintos originales y aún pervive un sentido mágico de la realidad.

 

De la serie Diario de Campo, 2011-12

5. Obras paralelas

 

De modo general, y a pesar de moverse entre variables gobernadas por la causalidad, podemos identificar una serie de líneas maestras que conforman la enseña propia del pintor. Su tema predilecto es el paisaje, o más bien lo salvaje del paisaje, así como la figura humana en el marco inextricable de la naturaleza. En sus piezas más figurativas descubrimos instantes de encuentro, constancia de vivencias y aspectos lúdicos. Las series Comunión Natural (2011) y Diario de Campo (2012) giraban en torno al paseante y al sendero. Las imágenes bosquejaban el sentido universal de la exploración y el descubrimiento, conformando un diario personal, reflejo de la condición humana y de la creación misma.

 

Sus recursos más característicos, si pudiéramos referirnos a ellos, serían la espontaneidad, la gestualidad en la pincelada y cierta tendencia hacia el movimiento en las composiciones. Aún así, David Méndez es especialmente consciente del contraste, no solamente en lo referente al color, sino también en cuanto a texturas, formas y disposición. Hay en muchas de sus obras un subrepticio orden en el espacio, una tendencia a la ley de compensación de masas que podría explicar cómo la aparente anarquía de su proceso creativo converge en una sugestiva consonancia.

 

En su serie Diario de Campo, 2011-12, ha trabajado frecuentemente con una gama cromática limitada y ha utilizado como soporte papel periódico. Algunas piezas tratan de dar una interpretación más concreta a la escena por medio de la adhesión de textos recortados, mensajes simbólicos y palabras aisladas, con lo que la otrora imagen sugerente, abierta a impresiones variadas, pasa a detonar con contenidos más precisos.

 

Lo cierto es que en los últimos tiempos su obra ha ido inspirándose cada vez más en la naturaleza como leitmotiv. En sus imágenes, representaciones de gran sensibilidad plástica, hallamos paisajes y escenas cotidianas que parecen expresar una trascendencia mítica. Siluetas de personajes espectrales contrastan con la luz turbia del cielo, la fronda, las raíces de las plantas y los penachos de los árboles. Fondo, figura y otros elementos de la composición revelan un brumoso tratamiento de la mancha y mezcla de pigmentos, presentando calidades próximas al arte abstracto. Ciertamente, para el pintor, la creación expresionista pasa por manifestar una energía salvaje a la par que un espíritu sensible tendente a la abstracción, de todo lo cual deviene esa aureola mágica y la presencia implícita de visiones irreales. Instantáneas fugaces que nos inducen al estado contemplativo, quizá porque contemplar estas pinturas es asomarse a un mundo distante, a un periodo legendario, a un recuerdo muy antiguo.